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La historia de WeWork tiene todos los elementos de un mito inmortal: un héroe carismático y arrojado, que decide desafiar la gravedad y alzar vuelo.

Pero justo cuando observa al mundo desde arriba y presiente la llegada de su momento más glorioso, se precipita al suelo al darse cuenta de que, después de todo, voló demasiado cerca al sol y las plumas de sus alas estaban pegadas con cera.

El de Ícaro es un relato apropiado para describir lo que pasó con WeWork, la firma de bienes raíces que popularizó (porque ciertamente no inventó) el concepto de espacios de trabajos compartidos en más de una veintena de países, incluida Colombia.

Apenas semanas después de posponer y eventualmente cancelar su salida a bolsa, porque sobreestimó su valor en más de diez veces, la que se creyera la start-up más valiosa de EE. UU. confirmó que dejará sin empleo a miles de personas.

Es un caso que recuerda esa frase del personaje de Orlando Bloom al inicio de Elizabethtown.

⬆️ Fiasco

El abrupto fin del sueño de WeWork llegó a involucrar al fiscal general de Nueva York, que anunció una investigación sobre las prácticas del fundador y ahora ex director ejecutivo, Adam Neumann, quien se benefició de préstamos con bajísimos intereses y quien compró edificios por los que luego WeWork pagaba el leasing.

Neumann es la figura central de esta historia, de sus luces y sus sombras. Si se mira por encima, no es una historia demasiado original: un líder carismático convierte a sus trabajadores en integrantes de un culto a su personalidad y convence a inversionistas seguros de estar frente a la próxima big thing del paisaje tecnológico con sus promesas de cambiar el mundo.

Con su cabello negro hasta los hombros, sus casi dos metros de estatura y un acento que no dejó atrás cuando salió de su natal Israel, Neumann predicaba su propia visión del sueño americano: “conseguir un buen trabajo, divertirse un montón, hacer un montón de dinero”.

Tras varios fracasos en industrias disruptivas que no se cristalizaron en buenos negocios, en 2010 Neumann fundó WeWork. A diferencia de otras empresas que ofrecían espacios de coworking, la compañía ofrecía un sentido de comunidad que llegó a encarnar la quintaesencia del espíritu millenial: creatividad, productividad, coolness.

En apenas un par de años, llegó a ser el principal propietario de finca raíz en ciudades como Londres, Nueva York y Washington, con 4,2 millones de metros cuadrados.

A medida que llegaban los millones de dólares de inversionistas, los sueños de WeWork parecían no tener límites: se lanzó WeLive, un sistema que llevaba el concepto de sharing de las oficinas a apartamentos lujosamente amoblados que se podían rentar por días, semanas o meses; así como WeGrow, una escuela de ensueño en Manhattan que en su sitio web aún proclama su visión de “elevar la conciencia colectiva del mundo al distribuir felicidad y desatar los superpoderes de cada ser humano”. En algún momento se hablaba de WeBank, WeSleep, WeSail y WeFly. Neumann, que no ocultaba su ambición de llegar a ser el primer millonario del planeta, llegó a confesar alguna vez su sueño de echar a volar, también, WeMars.

Sí, es exactamente lo que el nombre sugiere.

Y la verdad es que tenía razones para creer que podía lograrlo. WeWork se preparaba para salir a bolsa, en una operación que la firma contemplaba podía llegar a valuarla en 47.000 millones de dólares. Hubo analistas dispuestos a apostar que llegaría a valer incluso más.

A esa apuesta se sumo, incluso, el legendario Masayoshi Son, el empresario japonés tras el éxito de Softbank, a quien se le atribuye haber hecho el mejor negocio del siglo al invertir 20 millones de dólares en el año 2000 en una compañía china llamada Alibaba. Catorce años después, convertida ya en un gigante del e-commerce, la salida a bolsa de la firma de Jack ma convirtió la inversión inicial de Son -coloquialmente llamado ‘Masa’- en una participación de más de 50.000 millones de dólares.

Cuando conoció a Neumann, Masa sintió que había encontrado a un nuevo Jack Ma. Tras una conversación de menos de 30 minutos, el millonario escribió en su iPad los términos de un acuerdo de inversión y tanto él como el joven emprendedor firmaron con sus dedos.

En virtud de ese acuerdo Softbank invirtió más de 4.000 millones de dólares en WeWork.

Implosión

Neumann usó el dinero para poner su visión en modo turbo: quería llevar WeWork a cada ciudad de EE.UU. y a cada país del planeta. La firma se lanzó en una rápida expansión y su CEO se arrojó de lleno a un estilo de vida de lujos y excesos en el que el licor y las drogas se volvieron algo habitual.

Mientras la compañía veía aumentar sus pérdidas, incluso mientras se doblaban los ingresos, Neumann convenció a la Junta de autorizar la compra de un jet privado de 60 millones de dólares.

⬆️ Meltdown

Pero el problema es este: para salir a bolsa las compañías deben revelar al mercado detalles que por lo general permanecen ocultos acerca de su operación. Cuando WeWork entregó el documento base de su IPO, reveló al mercado y a la prensa sus astronómicas pérdidas, que acumularon 1.600 millones de dólares en 2018.

Pese a que en los primeros seis meses de 2019 la firma reportó ingresos por 1.540 millones de dólares, palidecían ante un total de gastos, en el mismo periodo, de casi 3.000 millones de dólares.

Las prácticas de Neumann -que vio Gulfstream G650 retenido por las autoridades israelíes luego de hallar en él una caja de cereal llena de marihuana- no hicieron nada por calmar al mercado y pronto se hizo obvio que habría que bajar la valuación esperada para atraer a inversionistas.

En apenas 33 días, en medio de la desconfianza que se generalizó, WeWork pasó de valer 47.000 millones a 15.000 millones y llegaría, después, a bajar incluso más.

Aunque hablara como un gurú de Silicon Valley, la firma de Neumann, quedó claro, no era un milagro tecnológico. Los espacios de WeWork se administraban, sí, desde una app, pero en realidad no había nada revolucionario en su modelo y, por el contrario, la firma era vulnerable ante la competencia de rivales menos endeudados por planes de dominación mundial. La IPO fue pospuesta y luego, cancelada.

Softbank tuvo que llegar al rescate y asumir el control de la empresa, para la que dice ver todavía un futuro prometedor. Neumann se vio obligado a dejar su cargo, si bien se fue con 1.700 millones de dólares en el banco.

Fue remplazado por Marcelo Claure, un ejecutivo boliviano de SoftBank. El plan de rescate de WeWork implica el despido, en las próximas semanas, de 2.400 empleados.

Ante el inminente fin de sus sueños de cambiar al mundo, los empleados de WeWork tomaron todo el episodio no como una fracaso empresarial, sino como una traición por parte del líder que eligieron seguir.

En una carta abierta, firmada por cientos de ellos, se lee: “Miles de nosotros seremos despedidos en las próximas semanas, pero queremos asegurarnos de que nuestro tiempo aquí signifique algo. No queremos que los escándalos, la corrupción y la avaricia exhibida por el liderazgo de la empresa terminen por definirnos”. 

Pero hay un epílogo necesario para la historia de Neumann y de WeWork. La burbuja que reventó se infló con miradas simplistas y prácticas gerenciales dudosas cuando no de plano inmorales.

La visión de WeWork se fue al piso como resultado, pero, al igual que con Ícaro, hay que preguntarse -como se dice que lo hizo Stanley Kubrick- si la moraleja es “no vueles demasiado alto” o “olvida la cera y las plumas y haz un mejor trabajo con las alas”.

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