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Ya sea en libros, series de TV o películas… La idea de seres con gran poder pero sin gran responsabilidad nos aterra… y nos fascina.

Cayó en mis manos casi por accidente: Hablo de Steelheart, de Brandon Anderson, que de entrada hay que decir quizás no sea su mejor trabajo, pero que es una interesante excusa para poner sobre la mesa un debate que me resulta fantástico: ¿qué pasaría si en el mundo existieran realmente personas con superpoderes? Y más específicamente, ¿Cabe alguna duda de que serían, con perdón de la expresión, unos súperhijueputas?

Sí, es mi website. Podemos decir groserías.

Pero Steelheart es la puerta de entrada al asunto y por eso comenzaremos allí. Se trata de la primera entrega de una trilogía conocida como The Reckoners, y que es de autoría, decíamos, de Brandon Anderson. Este señor es un estadounidense de 43 años que ha escrito una impresionante obra en la que dominan los temas de la magia y la fantasía cósmica. Steelheart fue publicado en 2013- la trilogía se completó con Firefight, de 2015, y Calamity, de 2016.

⬆️ The Reckoners Trilogy

Los libros transcurren en un mundo golpeado por un evento cósmico conocido como Calamity, que lo cambió todo al dotar a ciertos individuos con toda clase de dones. Ya sea porque solo los malvados recibieron poderes o porque los poderes los volvieron malvados -este es un tema que se debate y eventualmente resuelve en la trilogía-, los Epics, el descriptor que se usa en la historia para estos individuos dotados, se consideran más allá del alcance de la ley y terminan por subyugar a ciudades enteras, que declaran territorios bajo su control. Los ciudadanos normales, sin poderes, terminan en una forma de servidumbre en la que ser partido en dos por un láser o morir bajo un edificio derribado en una pelea mano a mano son riesgos no solo reales, sino cotidianos. 

El título del primer libro alude al más poderoso de todos los Epics. Desde su nombre, que comienza con S y que usa el acero como metáfora de fuerza (aunque en lo que tiene que ver con los poderes de Steelheart no hay metáfora, el hombre tiene de hecho la habilidad de volver acero cualquier material orgánico o inorgánico), es claro que se trata de una mal disimulada versión de Superman. Cuando hace su primera aparición, parece traer con él la esperanza de quienes creen que los Epics deben representar lo mejor del potencial de la humanidad. En realidad, se trata de todo lo contrario.

El reino de Steelheart es la ciudad de Chicago Nova (en español no sonaba bien el nombre del original en inglés, Newcago), que en este punto ha sido transformada en acero en gran parte de su extensión, incluyendo una porción del lago Michigan. Pocos osan desafiar a Steelheart y, entres quienes lo hicieron, nadie ha sobrevivido.

Entra en escena David Charleston, un  joven que vio morir a su padre a manos del omnipotente Steelheart. La escena, que no podría ser un punto de partida más cliché, reviste sin embargo un elemento de innegable atractivo: algo ocurrió durante los hechos que condujeron a la muerte del padre de David y, en el proceso, Steelheart resultó herido. No fue más que un rasguño pero basta para que David sea el único ser humano que ha visto sangrar al Epic más poderoso de la Tierra.

De nuevo, la estructura y en especial el desarrollo de los personajes no hacen posible considerar a Steelheart como un punto destacado de la obra de Anderson, pero no cabe duda de que marca todas las equis en lo que tiene que ver con la exploración del tema de los superhumanos a quienes su poder los corrompe, en lugar de elevarlos. 

⬆️ Watchmen, 1986.

¿Quién vigila a los vigilantes?

Es un motivo que impulsó en su momento a Alan Moore para escribir una obra maestra como Watchmen. En esta novela gráfica de 1986, Moore presenta una sociedad transformada por la presencia de superhéroes. Al surgir en los 40, 50 y 60, crean una nueva historia, en la que no hubo escándalo de Watergate y Richard Nixon no solo terminó su segundo periodo presidencial sino que fue reelegido para un tercero. Con los poderes de estos seres de su lado, Estados Unidos gana la guerra de Vietnam y establece para todos los fines un control mundial que nadie se atreve a desafiar, excepto la Unión Soviética, en un pulso que mantiene siempre cerca la opción de una guerra nuclear. 

La historia transcurre en los 80, pero como decíamos, no en nuestros 80. La mayoría de los superhéroes de la edad dorada ha muerto o vive en el retiro, y los pocos que permanecen activos lo hacen a órdenes del Gobierno o en franco desafío a la Ley. Una nueva generación deberá abandonar las sombras para enfrentar la posibilidad de que alguien esté matando a vigilantes enmascarados.

Confesión personal: Watchmen es una de mis novelas gráficas no diré solo favoritas, sino esenciales. El título alude a la frase quis custodiet ipsos custodes? («¿quién vigila a los vigilantes?», de Décimo Junio Juvenal, que en inglés vendría a ser: «who watches the watchmen?»). Moore toma la figura de ‘Watchmen’ y le da la vuelta por el lado de ‘Watch’, incorporando recursos como el reloj del juicio final, del que tenemos que hablar en otro episodio o haciendo que el padre del Doctor Manhattan tenga como profesión reparar relojes. Tampoco escapa al análisis que Manhattan es la encarnación azul de la analogía del relojero, un argumento teológico empleado a menudo para defender la existencia de Dios.

Son consideraciones importantes en una obra que se mueve entre los recovecos de la antiveneración y quizás allí radica el principal problema de su muy comentada adaptación cinematográfica, realizada por Zack Snyder en 2009: a pesar de su respeto por la obra de Moore y su cuidado en llevar numerosos detalles del papel a la pantalla, Snyder de hecho venera a los superhéroes y por eso, aunque la historia dice una cosa, la puesta en escena dice otra. La megalomanía, el absolutismo y el relativismo moral están allí, porque emanan de la obra de Moore, pero los héroes de Snyder, incluso en sus momentos más despreciables, resultan siempre un poquito demasiado cool.

⬆️ «This city is afraid of me».

Para efectos de estas discusión, lo que Moore dice es que si en el mundo existiera en realidad un ser casi omnipotente, como el Doctor Manhattan, es probable que terminara por sentirse tan desconectado de la raza humana que la muerte de uno de sus integrantes no le importaría más de lo que a un ser humano le puede importar la muerte de una hormiga. Si un vigilante enmascarado de verdad recorriera los callejones en las noches para moler a puño a los criminales más peligrosos, es probable que terminara por resentir que se le aplicara a su labor la misma ley que defiende a gran riesgo personal. De los callejones emergería no un héroe como Batman, sino un sociópata como Rorschach. 

Como dije, esencial.

⬆️ He is no Kal-El.

Bad Superman!

Más recientemente, la película de David Yarovesky Brightburn, que por razones inexplicables lleva en español el subtítulo ‘hijo de la oscuridad’, retoma la historia de Superman desde sus rasgos más reconocibles, pero les da un giro decididamente siniestro. Así, una pareja de granjeros de Kansas adopta al niño extraterrestre que cayó en su tierra en una nave espacial solo para descubrir con el paso de los años que se trata de un ser con poderes muy por encima de los de un humano normal. El protagonista de la cinta puede volar, es increíblemente veloz y es invulnerable a las balas. Lo que no es, ciertamente, es un héroe. 

El cómic de Mark Waid Irredeemable lleva las cosas más allá al mostrar la caída de Plutonian, su propia versión de Superman, que pasa de proteger a la humanidad a convertirse en su principal amenaza. Les corresponde a otros héroes, antiguos compañeros de Plutonian, encontrar la manera de detenerlo.

⬆️ The Seven

Y no es posible dejar de lado, en esta lista, a The Boys, una serie de Amazon que explora de manera derechísima el tema de los superhéroes malvados. Allí, la Liga de la Justicia está representada en The Seven, un grupo de héroes capaces de toda clase de depravaciones a quienes encabeza el poderoso Outlander. Este otro Superman es la definición de la desconexión de la que hablábamos hace unos minutos y eso hace que en realidad desprecie la vida de quienes clama proteger. En la lógica fría de los superhéroes sin alma, ¿qué puede valer una vida, o veinte, o doscientas, cuando se trabaja para salvar a miles y a millones? Es exactamente la misma ecuación detrás de los planes del villano final de Watchmen.

Con todo, no hay que leerse Steelheart o Watchmen para analizar este tema recurrente. No hay que ver Brightburn o The Boys. Basta en cambio con conocer algo, cualquier cosa, del héroe que lo inició todo, la creación de Jerry Siegel y Joe Shuster que para muchos, es un símbolo inmortal de esperanza.

El hombre de (la moral de) acero

Con menciones como las que hicimos en el segmento anterior, no faltará quien piense que el de los superhéroes malvados es un tema reciente, producto de la imparable necesidad de adaptar y versionar los motivos clásicos, y resultado de la visión cínica de un futuro desencantado.

Bueno, tienen todo el derecho a pensarlo y no seré yo quien los contradiga, excepto para anotar que ya desde el mismísimo Superman se ha explorado la idea de que un héroe con poderes sobrehumanos use estos para el mal. Y como veo al escéptico de la fila de atrás haciendo caras, les diré solamente dos palabras: 

Kriptonita. Roja.

Sí, así es. Aunque en rigor efecto de la kriptonita roja es caótico, es decir, no se puede predecir exactamente qué le hará a un kriptoniano, el más famoso es la pérdida de inhibiciones y un aparente desinterés ante los problemas propios o de otros. Desde su aparición en 1958, el recurso ha sido usado y abusado más allá de las páginas impresas y de seguro usted recuerda las escenas, ya sea en la tercera cinta de Christopher Reeve o en la serie Smallville.

Si me preguntan, la kriptonita roja es una de las adiciones más interesantes al mito de Superman porque, a diferencia de la verde, que le quita sus poderes, esta le quita su código moral. Y aquí está el detalle: Superman sin sus poderes es un pobre diablo, pero Superman sin su código moral es un recordatorio ambulante, poderoso y terrible, de aquello que lo hace Superman en primer lugar.

⬆️ Súpermal.

Porque, verán, lo que hace a Superman no es poder volar, o ser invulnerable a las balas. Lo que lo hace Superman es que a pesar de tener poderes muy por encima de los de cualquier habitante de este planeta, eligió vivir en medio de la raza humana y creer en ella, en lugar de dominarla como el tirano que perfectamente podría ser. Si algo son Zod y Bizarro es un testimonio de lo que sería Superman si no lo hubieran criado dos granjeros de Kansas y si no le hubieran dado un código que efectivamente puso su enorme poder al servicio de la humanidad, en lugar del suyo propio. Su fibra moral es el verdadero súperpoder del hombre de acero. 

⬆️ Red Son.

Es por eso que cuando se cambia ese elemento, el propio Superman se convierte -incluso manteniendo sus poderes- en un personaje muy diferente. Es lo que hace Red Son, de Mark Millar, que imagina qué habría pasado si la nave de Kal-el hubiera caído en la Unión Soviética, en lugar de la Kansas rural y si su cruzada por el bien de la humanidad no hubiera estado temperada por sus valores. También es lo que hace el videojuego Injustice: Gods Among Us, que se pregunta qué pasaría si Superman se diera por vencido y decidiera que lo mejor es convertirse en un dictador. 

La razón por la que Superman existe como ícono es precisamente por su capacidad de encarnar virtudes humanas con niveles súperhumanos de consistencia y compromiso: la honestidad, el valor, la justicia, la compasión… Superman es la promesa de lo mejor que puede ofrecer el ser humano, y cuando esa promesa y ese poder se tornan oscuros, el resultado no es menos que terrible. Cuando un poder sin límites cae en manos de meros mortales, susceptibles al miedo, al odio, al rencor o a la ambición, el resultado es un proceso de corrupción como el que retrata Max Landis en Chronicle, la película de 2012. 

La razón por la que nos fascina la idea de un héroe como Superman es la misma detrás de lo inquietante que resulta su caída al lado oscuro. Es como lo dijo el político británico Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

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