El canto sobrenatural del Stradivarius

El canto sobrenatural del Stradivarius

septiembre 19, 2019 0 Por Wilson Vega

Hay un objeto deseado, codiciado, cuyo nombre evoca una calidad sonora sin par y al que no le queda grande el apelativo de leyenda. Hoy vamos hablar del Stradivarius.

Incluso suponiendo que ya sabe usted de qué hablo, permítame comenzar por decir que  el nombre Stradivarius alude a una familia de instrumentos de cuerda, mayoritariamente violines, pero también violas, cellos e incluso arpas y guitarras, construidos por el maestro italiano Antonio Stradivari, cuya calidad de sonido los ha hecho a lo largo de los años objetos de estudio, de deseo y de exhorbitantes pujas en las casas de subastas más reputadas del planeta.

De los más de mil fabricados en el siglo XVII y en el XVIII, se estima que sobreviven unos 600, pero el paso del tiempo hace que incluso aquellos en mejor estado estén destinados a volverse eventualmente demasiado frágiles para ser tocados. Su calidad, sumada a su número cada vez menor, hace que sean -como dijimos- costosos más allá de lo que podría pensarse. Hasta 16 millones de dólares han llegado a ser desembolsados por uno de los violines. El récord lo tiene una viola cuyo excelente estado y relativa rareza llevaron a un coleccionista a pagar 45 millones de dólares. 

En caso de que se lo pregunte, así suena un instrumento de 150.000 millones de pesos: 

Nadie sabe por qué estas instrumentos, construidos en un taller de la Piazza San Domenico de Cremona (Italia) hace alrededor de 300 años, suenan como suenan. En lo que coinciden expertos del mundo de la música y del mundo de la ingeniería, es que suenan como ningún otro instrumento en el planeta. El sonido es más rico, más vibrante y por increíble que parezca, nadie ha podido replicarlo, ni siquiera usando las técnicas más avanzadas disponibles hoy.

Hay, por supuesto, múltiples teorías: la forma de la caja, el tamaño de los agujeros, la extensión del puente, incluso el barniz empleado por Stradivari. Hay quienes dicen que trabajaba con alquimistas locales para tratar la madera con metales desconocidos.

En una de las teorías más altisonantes -¿vieron lo que hice ahí?- se propone que una temporada, hablamos de más de medio siglo, de baja luminosidad solar en esa zona de Italia produjo árboles en cuya madera los anillos son más angostos de lo normal. A casi nadie le gusta esta teoría, no solo porque manda a un segundo plano el genio de Stradivari como luthier, sino porque cuando empiezas a buscar explicaciones cósmicas a los temas de diseño, suele ser porque estás nadando en aguas profundas.

⬆️ …Perfección.

Como sea, Antonio Stradivari llegó a ser muy rico y años de experimentación y perfeccionamiento le valieron ser considerado como el más grande fabricante de violines de todos los tiempos. Aunque cualquiera de sus instrumentos es considerado una joya, los violines de sus etapas madura y final son considerados sus mejores obras. No así los que hicieron, tras su muerte, sus hijos, que mantuvieron, como su padre, la marca Stradivarius, la forma latina de su nombre.

No existe una explicación técnica de la superioridad sonora de los Stradivarius. En general, existe un consenso entre la élite de la música en cuanto a las propiedades irrepetibles de estos instrumentos. Como quedan pocos y suman ya tantos años, los Stradivarius genuinos con muy raros y existe un registro minucioso de dónde está cada uno. Solamente han uno, robado en un hurto callejero, del que no se volvió a saber.

Algunos de los más famosos son propiedad de los músicos que los interpretan. Un caso famoso es el de Itzhak Perlman, que posee un violín fabricado en 1714. Yehudi Menuhin se lo vendió  por 750.000 dólares en 1986. Nicola Benedetti, un joven violinista escocés, toca desde hace varios años el ‘Earl Spencer’, un violín que perteneció al abuelo de la princesa Diana de Gales.  Originalmente, la familia lo recibió como un regalo de bodas.

La mayoría, sin embargo, pertenece a fundaciones o institutos privados que los prestan a los grandes maestros. La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos es dueña de uno particularmente famoso, llamado The Betts por el negociante que lo compró en el siglo XVIII por, agárrense, una libra esterlina. El Museo Asmolean de Oxford posee el famoso Mesías, fabricado en 1706. La Sociedad Stradivari de Chicago se ha hecho a la propiedad de unos 20 instrumentos, avaluados en unos 18 millones de dólares.  

Llevar el sello Stradivarius hace que un instrumento cobre vida propia y por esos su historia se puede rastrear a lo largo de los siglos. Eso es tan cierto con los violines como lo es con los cellos. El más famoso quizás sea el Davidoff, de 1712, que en 1964 fue comprado por un benefactor anónimo como regalo (!!!) Para la cellista adolescente Jacqueline du Pré.

Tras la muerte de esta, en 1987, un grupo de amigos lo compró para Yo Yo Ma, concebiblemente el cellista más famoso del mundo, quien lo dejó olvidado en el asiento de un taxi en Nueva York. Porque claramente Yo Yo Ma es el sujeto más suertudo del mundo, no solo puede decir que le regalaron un instrumento musical de 1,2 millones de dólares, sino que lo perdió y logró recuperarlo.

Pero si perder un Stradivarius es una pesadilla, perder su sonido sin igual sería, qué duda cabe, una tragedia. El ‘timbre’ de estos instrumentos es considerado tan irrepetible, tan perfecto, que la idea de que algún día los violines que existen dejen de poder ser tocados llevó a dar forma a un proyecto de preservación digital sin precedentes. En enero de 2019, un grupo de ingenieros se tomó un auditorio de Cremona para tocar y grabar en la mejor calidad posible, las notas de un Stradivarius. Quiero decir: TODAS las notas y las combinaciones de notas que es posible tocar en un violín. Como no tiene sentido preservar el sonido perfecto si no es en una grabación perfecta, la ciudad accedió a bajarle al ruido durante no una, sino CINCO semanas. 

Es en serio, el alcalde redirigió el trafico cuadras a la redonda y se prohibieron pitos, música fuerte, fuegos artificiales y cualquier cosa que pudiera producir vibraciones capaces de alterar las grabaciones. De seguro resultó conveniente que el alcalde sea también el presidente de la Fundación Stradivarius.

Si se creen las versiones, incluso se creó una zona sin bebés, y se les pidió a las mujeres no usar tacones altos en los pasillos y ni siquiera en las calles en las inmediaciones del hall de conciertos usado para el proyecto.

Con todo, es posible, incluso probable, que algún día alguien logre replicar el legendario sonido de los Stradivarius mediante recursos tecnológicos. Pero sostengo que, incluso si ese día llega, no bastará para deshacer la magia que rodea a estos instrumentos, que son, en el mundo de la música, el equivalente a poseer una escultura de Miguel Angel o una pintura de Leonardo Da Vinci.